ene
30
2006

In good company

por

In Good Company - PósterHace unos días que vi esta película en DVD, pero hasta ahora no había sacado tiempo para poner un comentario sobre ella, así que vamos allá.

En este comentario dejaré de lado la historia de amor que, aunque tiene un planteamiento interesante, es secundaria en la trama, primando la relación entre el maestro, el viejo jefe de marketing Dan Foreman (Dennis Quaid) y su nuevo jefe, 25 años más joven, Carter Duryea (Topher Grace). ¡Ah! y no olvideis que la hija del jefe es Scarlett Johansson, lo cual es otra buena razón para ver la película.

Lo interesante en la película es la imagen del mundo del marketing estadounidense que en ella se nos muestra. Como he dicho antes, Carter, de 26 años, pasa a ser el jefe de Dan, de 51. Esta situación se produce por la compra de la empresa de Dan por un gran grupo de comunicación, algo de lo más frecuente hoy en día. Este hecho representa tan solo una pequeña parte de la tendencia global del maxi-corporativismo (no es un término técnico, me lo acabo de inventar), esto es, la tendencia a la concentración del mundo de la comunicación en gigantescos grupos empresariales.

De este modo, progresivamente se reduce la libertad de opinión ya que las grandes cadenas de comunicación, con su despliegue técnico y su línea editorial definida en cientos de medios (periódicos, radios, televisión…) avasallan a los pequeños diarios independientes.

El planteamiento de marketing de Carter, a lo que el llama “sinergia” muestra una realidad creciente en el mundo del marketing: la interdependencia existente entre los medios de comunicación y los anunciantes: tú me pones publicidad en la revista, y yo hablo de ti en el contenido. De esta forma el cerco de libertad de prensa se ve reducido al deberse a sus anunciantes, que son los que pagan la revista. Vamos, que no vas a hablar mal de las petroleras porque sino Repsol deja de poner publicidad en tu revista, etc, etc… Hoy en día esto es una realidad tangible: los anunciantes deciden el contenido de la revista, con lo que la línea que separa a la publicidad de la información es cada vez más fina.

También aparece representada en la película la alta competitividad del mercado laboral estadounidense, uno de los más duros del mundo. No creais que son la primera potencia mundial de rebote: los americanos trabajan duro, y son los ciudadanos del primer mundo con menos días de vacaciones al año. Esto es contrario a la creencia popular de que no hay nadie que trabaje tanto como los japoneses, que no tienen vacaciones… Pues bien, según la estadística, los estadounidenses son los trabajadores que tienen menos días de vacaciones al año (menos de la mitad que los japoneses), con 13 días frente a 25 de los nipones. (Fuente: Infoplease).

Supongo que al leer estas líneas, creereis que estudio Periodismo. Nada más lejos, yo soy del grupo de los anunciantes ya que estudio Publicidad, pero como todavía soy joven me permito el ser idealista y creer en una publicidad no intrusiva ni imperativa, una filosofía de honradez con el consumidor, porque al fin y al cabo, si haces buenos productos, no necesitas pagar a nadie para que no los critique.

A nivel de dirección, es en general la típica película americana. Con esto quiero decir que está bien hecha: buena fotografía, buen control del ritmo y buena dirección de actores. El único detalle a mi parecer destacable es el empleo del primerísimo primer plano para destacar los momentos de máxima tensión dialéctica. Es un primer plano muy forzado, demasiado forzado, pero que funciona perfectamente en el momento en que se emplea.

Y por supuesto, la película termina con un mensaje optimista, una defensa de la viejos “dinosaurios” frente a los jóvenes “tiburones” del marketing. Porque en un mundo tan competitivo como este, la experiencia sigue siendo un grado.

Fuentes

“In Good Company” en la IMDB

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Aun así, no puedo evitar el seguir sintiendo esta web como algo propio, así que cuando mi tiempo me lo permite, intento desmarcarme de vez en cuando con algún artículo de esos que hacen aflorar la lagrimilla nostálgica. Tanto para demostrarme que sigo en forma como porque, simplemente, me encanta hacerlo.

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