La verdadera alegría del fútbol
por Cloro
Como todos los años, este verano he pasado unos días en un pueblo costero, y aunque la playa no se encuentra entre mis aficiones actuales, la proximidad de mi residencia a la misma me ha permitido asistir a un evento del que hacía mucho tiempo que no disfrutaba, y que me ha hecho recordar algunos momentos muy felices de mi niñez: un partido de fútbol sobre la arena.
Los jugadores eran niños de unos siete u ocho años. Antes de comenzar, por supuesto, era necesario hacer equipos. Para ello, las dos estrellas de la congregación, y por ende los capitanes, se pusieron uno frente al otro y dieron comienzo a un extraño ritual compuesto por complejos gestos de brazos y manos, que interpreté como el equivalente al pares o nones de mis tiempos.
Salvo tristes excepciones, es bastante raro que alguien no considere su infancia como el periodo más feliz de su vida. La tranquilidad que nos aportaba el manto protector de los padres hacía que pudiéramos concentrarnos en nuestra principal y más importante actividad vital: jugar. Había muy pocas cosas mejores que sentarnos en el salón de casa a la hora de la merienda, con un vaso de leche acompañado de galletas a un lado, un juguete nuevo al otro y, de fondo, 
