El encarguito
por Cloro
En las oscuras calles de una gran urbe, tiene lugar un secreto encuentro entre el representante de una prestigiosa distribuidora de videojuegos, y el dueño de una modesta desarrolladora de software. El distribuidor, al que llamaremos Sabi (diminutivo de “sabandija”), mira con altanería a su interlocutor, preguntándose cómo alguien de su categoría ha de verse obligado a respirar el mismo aire que un perdedor de tal calibre. Tras un gélido apretón de manos y unas rígidas fórmulas de cortesía, comienza el intercambio.
Como siempre, Gabriel cenó un sandwich de jamon york y queso, sin tostar y sin corteza en el pan. Acto seguido se dirigió al salón, donde se acurrucó en su viejo y mullido sofá, se cubrió con su manta de cuadros y procedió a realizar un barrido por los distintos canales de su posesión más preciada: una pantalla plana de 50 pulgadas que valía cada céntimo que había pagado por ella. Era la noche de Reyes, con lo que se hacía muy complicado esquivar los contenidos navideños. Por fin, tras dos minutos de ejercicio dactilar, Gabriel vio ante sí la reconfortante figura de uno de sus actores favoritos. 

