Juegos de niños
por Cloro
Salvo tristes excepciones, es bastante raro que alguien no considere su infancia como el periodo más feliz de su vida. La tranquilidad que nos aportaba el manto protector de los padres hacía que pudiéramos concentrarnos en nuestra principal y más importante actividad vital: jugar. Había muy pocas cosas mejores que sentarnos en el salón de casa a la hora de la merienda, con un vaso de leche acompañado de galletas a un lado, un juguete nuevo al otro y, de fondo, “Fraggle Rock” en la televisión.
Pero si en solitario éramos capaces de disfrutar de momentos muy divertidos, en buena compañía la diversión no tenía límite. Es por ello que una de esas escasísimas actividades por las que cambiaríamos sin dudar la estampa antes descrita, sería salir a la calle con los amigos. En dichos encuentros siempre había una primera pregunta obligada cuya respuesta solía ser objeto de amplio debate: ¿a qué jugamos? Esta cuestión, así formulada, puede parecer sencilla, pero la inmensidad de opciones disponibles hacía que su complejidad potencial fuera poco menos que infinita. Aún así, y muy a diferencia de la clase política que hoy día nos toca soportar, casi siempre lográbamos llegar a un consenso.
En mayo me compré una ecosfera. Mi otra opción en la lista de caprichos de aquel día era un Mechagodzilla teledirigido y un corsé en puntilla y tul; pero, por la razón que sea, acabé escogiendo la ecosfera.

