El campeón del videojuego
por El Tipo de la Brocha
Recuerdo el día en el que conocí al jefe en persona como si fuera ayer. Ocurrió a finales de abril del año pasado. Aquella mañana había eliminado al último clon de Stalin en una lucha épica sobre las cúpulas de la catedral de San Basilio, y, después de regresar a casa a bordo de mi Ala-X, tenía toda la tarde libre por delante.
Las Ondinas del Rin me aguardaban impacientes en la Brocha-Cueva; pero aquel día tenía una cita mucho más importante. Dos factorías andantes de nostalgia generacional iban a encontrarse cara a cara. Era un momento histórico, como cuando Franco y Hitler se estrecharon la mano, pero sin bigotes ridículos y superando el 1,70 de altura.
Hechas las presentaciones y, tras discutir sobre la interpretación de los conciertos para piano de Rachmaninov realizada por la Orquesta Sinfónica de Malmö y encontrar la cura para el cáncer, el jefe y yo pasamos a otros asuntos de mayor enjundia.

Cuando se trata de videojuegos, la sensación de estar ante algo nuevo que me sorprenda y me haga pensar: “Ya está. Han utilizado la mano derecha del Terminator”, no es habitual. Y, sin embargo, 