Dragones y Mazmorras: La trilogía de Venger
por El Tipo de la Brocha
Ya hemos hablado largo y tendido de “Dragones y Mazmorras”, una serie de dibujos animados que nadie ha visto en siglos pero que todo el mundo recuerda por la canción de los Dulces (que no Parchís, como comentaba algún despistado lector) y que levantó algunas ampollas entre la melindrosa sociedad estadounidense de los años ochenta. No obstante, hay un arco argumental que, para no agotaros, preferí reservarme para este segundo artículo.
El hecho de que estemos hablando de un arco argumental ya es de por sí bastante inusual, puesto que en las series de aquella década, los capítulos solían ser autoconclusivos, lo que significa que podías perderte uno sin que ello afectase a la experiencia de ver los siguientes, y, por lo tanto, rara vez terminaban con aquello de “Continuará…”.
En este sentido, aunque los tres episodios que voy a comentar cumplen esa regla general, también es cierto que existe cierta continuidad entre ellos y, sin duda, tienen un nexo común.
Espero que llevéis tanto tiempo esperando este artículo como el que yo llevo pensando escribirlo. En realidad, no ha pasado un solo mes desde que empecé a colaborar en ion litio en el que no me dijera: “Tío, tienes que escribir sobre ‘Dragones y Mazmorras’. Y saca la basura de una puñetera vez”. Pero lo cierto es que no quería ponerme a teclear sin antes haber vuelto a ver toda la serie de cabo a rabo, para lo cual necesitaba muuucho tiempo libre, y, la verdad, entre el curro y el rescate de la Barbarella (mi nave estelar), apenas he tenido un segundo de respiro.
Tengo una buena noticia y una mala. La buena es que he recuperado algunas de mis cajas de juguetes del trastero de casa de mis padres. Sí, el mismo trastero del que hablé en el artículo sobre 
