Los didácticos salones recreativos
por Cloro
Aunque cueste creerlo, el mundo que hoy conocemos no siempre ha sido tan… acogedor. Hace mucho, mucho tiempo, los ojos de los niños lloraban enrojecidos, enfermos, y sus frágiles deditos eran poco menos que garras deformes completamente atrofiadas. Se trataba de una época en la que los crueles monitores monocromáticos de MSX, Spectrum y demás ingenios del averno, destrozaban la retina de cuantos osaban mirarlos directamente. Eran días en los que las inamovibles crucetas de los videojuegos portátiles “Game & Watch” acababan impunemente con la agilidad dactilar de sus confiados usuarios.
Dentro de tan desolador panorama, existía un lugar al que los niños podían acudir para regenerarse y curar sus heridas de guerra. Allí, enormes pantallas a todo color les devolvían el reflejo de sus sonrisas al tiempo que restauraban el color de sus iris. Grandes palancas y botones del tamaño de un tazo ejercían a su vez el efecto de un masaje tonificante que les permitía, quizá para su desgracia, recuperar la movilidad suficiente como para poder escribir, y por tanto hacer los deberes.



