Rom, el Caballero del Espacio
por El Tipo de la Brocha
En tiempos de Maricastaña, cuando la editorial Vacaciones Santillana se esforzaba en amargar nuestra infancia y los tres meses de veraneo nos parecían tres lustros, recuerdo que a unos pocos kilómetros del pueblo donde veraneaba, había una estación de trenes, y cerca de la estación, un supermercado, y dentro del supermercado, un quiosco, y en el quiosco vendían cómics, que por entonces también llamábamos tebeos.
A mí me encantaban los cómics. Aún hoy me gustan, sólo que ahora evito comprarme todo lo que no sean tomos únicos. Me dolería empezar una colección para luego no terminarla. Es extraño, porque cuando era un crío nunca me molesté en acabar ninguna. Mi padre podía comprarme el número 61 de “Los Vengadores” y yo jamás me preocuparía por saber si Namor acabaría siendo un miembro del grupo, o qué ex Patrulla-X volvería de entre los muertos. Me limitaba a comprar tebeos y a releerlos una y otra vez, hasta sabérmelos casi de memoria.
Fue gracias a esta afición que conocí a Rom, el Caballero del Espacio.
Nos encontramos en un tiempo en que la época apogeo de Atari ya se cuenta como una historia pasada, y cualquier despropósito era posible. Una década maravillosa que vio surgir juegos legendarios como el
Surgió prácticamente de la nada y se convirtió en todo un icono. Un símbolo del humor patrio. Uno de los personajes más imitados y reconocibles de la década de los 90… y eso que tan solo contaba chistes (y bastante malos, por cierto).

