Juegos de niños
por Cloro
Salvo tristes excepciones, es bastante raro que alguien no considere su infancia como el periodo más feliz de su vida. La tranquilidad que nos aportaba el manto protector de los padres hacía que pudiéramos concentrarnos en nuestra principal y más importante actividad vital: jugar. Había muy pocas cosas mejores que sentarnos en el salón de casa a la hora de la merienda, con un vaso de leche acompañado de galletas a un lado, un juguete nuevo al otro y, de fondo, “Fraggle Rock” en la televisión.
Pero si en solitario éramos capaces de disfrutar de momentos muy divertidos, en buena compañía la diversión no tenía límite. Es por ello que una de esas escasísimas actividades por las que cambiaríamos sin dudar la estampa antes descrita, sería salir a la calle con los amigos. En dichos encuentros siempre había una primera pregunta obligada cuya respuesta solía ser objeto de amplio debate: ¿a qué jugamos? Esta cuestión, así formulada, puede parecer sencilla, pero la inmensidad de opciones disponibles hacía que su complejidad potencial fuera poco menos que infinita. Aún así, y muy a diferencia de la clase política que hoy día nos toca soportar, casi siempre lográbamos llegar a un consenso.

La Navidad está tan cerca que es imposible ver un rato la tele sin tragarse tropecientos anuncios de juguetes. ¿Qué mejor excusa que esa para desempolvar el viejo baúl y hablar de unos muñecos que se vendieron como churros hace ya más de quince años? Solo quienes fueron críos en el momento adecuado pueden comprender el bombazo que supusieron 
De pequeño, me pirraba por toda clase de muñecos: 