Llegaron de repente a mi colegio y se convirtieron en el accesorio de moda, solo al alcance, eso sí, de los niños más pudientes. Estoy hablando, como ya habréis adivinado por el título , de las agendas electrónicas Casio “My Magic Diary”, que se popularizaron a mediados de los noventa.
Como agenda, cumplían la misma función que cualquier otra agenda electrónica: recordar nombres, teléfonos y direcciones (lo del e-mail no se estilaba en aquella época). Nada fuera de lo común en este aspecto.
Sin embargo, contaban con varias características que las hacían especialmente atractivas, como la posibilidad de guardar junto al nombre la cara de nuestro amigo, que podíamos reproducir gracias a un sistema de “retratos robot” parecido a los Miis de la Wii de Nintendo.
Entre sus otras funciones, además de las típicas de reloj, calculadora, mapamundi… también incluían la posibilidad de enviar mensajes de una agenda a otra a través del puerto de infrarrojos, razón por la que estaba terminantemente prohibido utilizar dicho aparato durante los exámenes del colegio.
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