El Beeper de Coca-Cola
por DGrumpy
Las modas, pese a ser atractivas, normalmente son pasajeras y caprichosas. Muchas surgen prácticamente de la nada y de manera casual, pero otras tienen a sus espaldas concienzudas campañas de marketing que nos hacen creer que su producto, aparte de ser novedoso, es el no va más, y nos crean la necesidad de tener aquello que anuncian. Este es el caso de muchos productos tecnológicos de nuestra generación, como las agendas Casio o los Beeper de Coca-Cola que vamos a analizar en este artículo.
Corría el año 1996 y de repente y sin previo aviso, la compañía norteamericana de refrescos, lanzó una de sus agresivas campañas de publicidad a las que nos tiene acostumbrados. En esta ocasión nos sorprendieron con una promoción en la que, reuniendo 15 o 20 tapones (este punto no lo recuerdo del todo bien) de las botellas de litro y medio de cualquiera de sus bebidas (Coca–Cola, Fanta o Sprite) te “regalaban” un Beeper de lo más molón. Lo de regalar lo pongo este comillas porque había que pagar unas 1.500 pesetas para que te lo dieran. Además había que darse prisa porque “solo” había 300.000 unidades.
A mediados de los 90 los teléfonos móviles estaban bastante implantados en nuestro país aunque, eso sí, estos aparatos aun se seguían viendo como artilugios muy caros y exclusivos para ejecutivos y personas de mediana edad. Todo esto cambiaría en 1999 cuando la, por aquel entonces todopoderosa Nokia, lanzara un terminal que revolucionaría el mercado, en gran medida al estar enfocado por primera vez directamente a los jóvenes. Me estoy refiriendo al Nokia 3210 y a su sucesor, el Nokia 3310 (que saldría un año más tarde). Entre los dos llegaron a vender la friolera de de 276 millones de unidades.
¿A qué hora quedamos? Ah, vale, te doy un toque cuando salga de casa. Voy a mandar un sms a los demás para avisarles. Venga, pues hasta dentro de un rato.
Recuerdo un tiempo de peinados estrafalarios y ropas llamativas en el que si los niños Nintendo queríamos conocer los trucos de un videojuego, solo teníamos dos opciones: hacernos con una revista especializada en el quiosco, o ser socios del Club Nintendo y llamar por teléfono a tipos cuya única esperanza en la vida era ahorrar lo suficiente como para poder comprar un taburete y una buena soga.
