El Fresquito
por q256
Hoy quiero hablar de un clásico gastronómico en cualquier tienda de chuches que se precie. Una de las pocas golosinas que cuenta con su propio envase individual, lo que le otorga cierto aire de exclusividad. Una golosina que, al igual que los Peta Zetas, ha hecho historia.
Y todo ello a pesar de que, de entrada, el dibujo del envase no invita al consumo del mismo. A menos, claro está, que nos gusten las sustancias psicotrópicas. Y es que la mascota corporativa más parece haberse embarcado en un viaje de LSD que estar consumiendo un inofensivo caramelo.
Pero nosotros, como somos osados, nos decidíamos a comprarlo y comprobar por nosotros mismos sus efectos. Y nos encantaba. Puede que no fuera una droga, pero el chute de azúcar que proporcionaba a nuestro cuerpo infantil era considerable.
Los chicles Boomer son esos chicles que recomienda uno de cada diez dentistas españoles: chicles con azúcar, de verdad, con sabores intensos y la genuina sensación de estar jugándonos los dientes con cada bocado, y no “cuidando nuestro esmalte” o chorradas por el estilo con la que intentan vendernos los chicles modernos, repletos de compuestos químicos.
Hoy, por sugerencia de NepT1, un lector que me envió un email sobre el tema, voy a hablar de otra moda que seguro que todos recordáis: los tazos.
Hoy quiero compartir con vosotros una de mis recetas de cocina favoritas. La recibí por email hace ya muchos años, y la atesoré como si de una fórmula secreta se tratara. 

