Clint Eastwood en ‘Licencia para matar’ (1975)
por El Tipo de la Brocha
El hecho de que los primeros trabajos de Clint Eastwood, como la Trilogía de los Dólares o la saga de Harry el Sucio, hayan pasado a la historia del celuloide como algunas de las mejores películas de sus respectivos géneros, y su carrera sea un largo camino formado por baldosas de galardones obedece a un motivo, y no es porque Eastwood se haya paseado entre la gente importante de Hollywood con cara de disposición y un cubo de vaselina bajo el brazo. Probablemente el mero hecho de pensar en esta posibilidad ha agriado toda la leche de mi frigorífico. Clint Eastwood es así de duro.
Dicho lo cual, también es cierto que este gran actor y aclamado director ha participado en películas mediocres; películas que me llevan a pensar que invertir el resto de mi vida en inventar una máquina del tiempo merecería la pena con tal de poder retroceder hasta el momento en el que decidí darles una oportunidad sólo porque Clint Eastwood aparecía en los créditos.
Un buen ejemplo de esa falta de visión es “Licencia para matar” (“The Eiger Sanction” en inglés; ya sabéis que en España nos encanta inventarnos el título de las películas extranjeras. Al fin y al cabo, es más fácil que Jaimito identifique un título como “El joven maestro” con una película de kung-fu si la llamamos “El chino”). Hablamos de esta cinta a renglón seguido.

